Juvenal León Rodríguez
En la capital del Municipio Libertad del Estado Anzoátegui, las anécdotas calientes fueron el factor importante que contribuyeron a espantar la melancolía a la generalidad de los pobladores, quienes veían pasar los días arropados por aquellas ventoleras que convertían en un desierto las calles arenosas del vecindario, que hacían tragar el polvo como acompañante de los alimentos que se ingerían.
La laboriosidad con sus tediosas faenas, de sol a sol, estancaba el desarrollo social entre los lugareños. Es a partir de 1860, fecha en la que hace su llegada Aniceto Rodríguez, procedente de Lezama, parroquia del Municipio José Tadeo Monagas del Estado Guárico, que se inicia el proceso de consolidación del poblado, en lo que también contribuyen las revoltosas guerras civiles a acelerar el éxodo del campo a la “ciudad”. El ilustre personaje, además de su destreza en el manejo de las artes de la carpintería, igualmente lo distinguía la habilidad de compositor y cantor popular, junto a su dominio de cuanto instrumento musical, llámese violín, cuatro, guitarra, arpa o piano, conocido en la época.
El recién llegado, con sus aportes comenzó a endulzar las “reuniones sociales” y a fomentar las parrandas que en esos tiempos fueron a extenderse en la oscuridad de aquellas noches preñadas de “fantasmas” y de “encantos” que tanto atormentaron a los habitantes de San Mateo. La conducta de los paisanos, que se fue moldeando en el transcurso de los años, ayudó a establecer en la comunidad nuevos valores que se elevaron sobre los nativos, diseñando una auténtica y autóctona idiosincrasia en el lugar.
Ese costumbrismo naciente comienza a expresarse en los encuentros señalados por el calendario anual: carnavales, semanas santa, velorios de cruz, fiestas de la vecindad, velorios fúnebres, misas de aguinaldos y otros festejos en aquel jolgorio en que se ponía de manifiesto la herencia trasmitida por Aniceto Rodríguez, y que ahora se personificaba en las voces de Merced Ochoa, Francisco Ramón “El Negro” González Arrechider, Juan Guarapo, Luis Rafael “Chicho” Núñez Barrios, José María Núñez Barrios, Pedro Abreu, entre otros.
Esta forma de entretenimiento que había contribuido a hacer más llevadera la convivencia, poco a poco fue quedándose arrinconada en los viejos anaqueles del olvido, para dar paso a la especie de humorismo picante que acompañaba a los bebedores de ron. La nueva manera de entretenerse los tomadores de aguardiente era la picaresca graciosa que tenían como característica Antonio “Ñico” León Guzmán, Pedro Maigua, Fausto Barrios Camayaguán, Antonio Rojas Trias, Pedro Gerardo “El Tuerto perucho” León Zamora, Luis Rafael “Zambo” Herrera, Rubén “Vinagre” Barrios Hurtado, Héctor Leonidas “El Viejo” Guevara Trías, y ¿Cuantos más?, que ahora se recogen en "Repertorio Anecdótico de San Mateo" conservando su originalidad, tal y como las produjeron.
La pícara manera como ellos expresaban sus chistosas salidas, a pesar de la carga de “alto voltaje” que las acompañaba, jamás produjo disgusto alguno a los integrantes de aquella agrupación excepcional, pues el aludido siempre se limitaba a dar repuesta a los “insultos” recibidos, sin mostrar incomodidad por los dardos lanzados y, la manera como respondían, semejaba un comentario como el que hacían cuando iban al cine o leían algún libro.
El esforzado empeño puesto en la investigación para escribir esta especie de Ensayo, lo justifica la aspiración del autor de someterlo a la crítica local y regional como estímulo para despertar la memoria lugareña, y el interés de los cronistas municipales para que hagan lo propio en sus localidades, para que sea como una ventana abierta al pasado, dándole vida a los personajes que ayer encendieron el humor candente de ese vistoso color enrojecido, con la finalidad de retornar al presente un pedazo de aquella historia que se fue.
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